Por: Roberto Montañez
Presidente del Centro de Estudios Estratégicos Asiáticos de Panamá (CEEAP)
En el mes de agosto el mundo conmemora fechas degradantes de la humanidad, la Guerra de Resistencia del Pueblo Chino contra la Agresión Japonesa constituye una epopeya de coraje, unidad y perseverancia que forjó la imagen de un Estado antifascista por excelencia.
La caída del fascismo puso fin a la contienda mundial, momentos en que la humanidad agradeció el heroísmo de los pueblos soviético y chino en su inconmensurable capacidad de lucha, sin precedentes en la historia, dejando atrás una etapa trágica asolada por regímenes opresivos que causaron 80 millones de muertes y destrucción.
En el Memorial de Tanaka en 1927, el militarismo definió en detalle la política expansionista de Japón al establecerse de manera diáfana que “si se desea conquistar el mundo, primero se debe conquistar China”. Importante destacar que durante 14 años de lucha se forjó el sentimiento nacional chino, que pese a su fragilidad militar se recurrió a la estrategia de la “Guerra popular prolongada” inspirada por Mao Zedong.
Ello fue crucial en la victoria mundial contra el fascismo en el principal teatro de batalla oriental durante la Segunda Guerra Mundial (SGM), en la que 35 millones de valerosos soldados y civiles murieron en una guerra de resistencia contra la ocupación japonesa.
Resulta obligante destacar a Zhou Enlai, quien jugó un papel crucial en la lucha contra el fascismo japonés en China, tanto en la política como en la diplomacia. Tras el secuestro y liberación de Chiang Kai-shek en Xi’an a finales de 1936, su influencia y sagacidad negociadora fue decisiva en la formación de alianzas y la organización unificada de la resistencia contra la invasión japonesa.
En su contexto histórico, se repudian las atrocidades nazis del Holocausto de judíos y otras minorías, pero también el genocidio de Nanjing, los experimentos humanos con armas biológicas en regiones de Zhejiang, Jiangxi y Harbin, así como el cruel bombardeo de Chongqing, lo que constituyen los episodios más oscuros en la historia de la humanidad.
No se puede subestimar el curso histórico del heroísmo de la Resistencia China y sus tropas, que levantaron una muralla antifascista en el Este con una ofensiva estratégica decisiva en el éxito de la contienda. como resultado de la victoria en la Segunda Guerra Mundial en la Declaración del Cairo se estableció de forma inequívoca el retorno de Taiwán, las islas Penghu y otros territorios a la soberanía china lo cual es parte integral del orden internacional de posguerra.
En resumen, la SGM fue un conflicto de proporciones catastróficas que transformó el mundo en múltiples niveles, dejando un legado de dolor, destrucción, pero también de aprendizaje y transformación.
En proporciones guardadas, no se podría medir la crueldad entre el fascismo nazi y el fascismo japonés en el desprecio de la vida humana, hay quienes pensamos que el militarismo japonés fue más despiadado que el alemán en su exterminio étnico, y más grave aún, cuando no existe arrepentimiento histórico con la veneración de criminales de guerra, lo cual mantiene abiertas heridas históricas que no han cicatrizado.
En medio de la escalada de tensiones que amenazan la estabilidad internacional, el 80 aniversario de los bombardeos atómicos en las ciudades de Hiroshima y Nagasaki fue un trágico genocidio que nadie debiera olvidar. El mundo recuerda esta fecha, no solo por el horror de esas tragedias, sino ante el peligro latente de un conflicto nuclear.
Los hechos abominables e inhumanos no deben repetirse, por lo que es menester defender los derechos humanos, procurando soluciones pacíficas de las controversias internacionales, a fin de garantizar la paz mundial, el desarrollo y el progreso de la civilización humana.
Sin embargo, la narrativa histórica de Hollywood ha tergiversado los hechos reales en función de sus intereses hegemónicos, ocultando intencionalmente el valor estratégico del frente chino en la guerra antifascista global, llegando incluso a menospreciar la resistencia china al papel pasivo de víctima feudal.
Ante la persistencia de despojar a China de su legitimidad moral, a los 80 años de la rendición incondicional de Japón, el militarismo japonés trajo sufrimiento a China y a otros países asiáticos.
“Hoy no es posible blanquear y negar la historia de agresión, distorsionar y falsificar los hechos, e incluso revocar veredictos y glorificar a criminales de guerra del pasado, son actos vergonzosos, degradantes que constituyen un desafío a la Carta de la Organización de Naciones Unidas (ONU), al orden internacional de posguerra, a la conciencia humana y a los pueblos de todas las naciones victoriosas”, sostuvo el pasado 15 de agosto el canciller Wang Yi.
Lo cierto es, que el discurso hegemónico está incentivando al armamentismo y la escalada de conflictos internacionales, incluso se demonizan las relaciones comerciales de China con la región, por tanto, hay que aprender de la historia sobre las recurrentes y anacrónicas injerencias externas. Solo mediante el respeto mutuo y las relaciones dialogantes, es posible construir narrativas propias que representen intereses, valores y cultura humanitaria de nuestros países.
Por consiguiente, desentrañar la historia implica evitar la repetición de acontecimientos trágicos que laceraron la conciencia universal, y que hoy advertimos la amenaza en el resurgimiento del fascismo en Asia, Europa y América Latina.
Ante el desafiante panorama internacional, persiste una guerra en Asia Central y un genocidio en marcha en Gaza con una Corte Penal Internacional amenazada. Mientras que, a nivel regional, en una abierta injerencia se trata de doblegar a los sistemas judiciales soberanos de Brasil y Colombia, al tiempo que se cierne una amenaza de invasión sobre Venezuela.
Es un imperativo defender la multilateralidad, la igualdad jurídica de los Estados, la no intervención, la no agresión y la solución pacífica de controversias. Al tiempo que ponemos en valor el entendimiento intercultural, la coexistencia pacífica y la cooperación con beneficios compartidos, consecuente con los propósitos y principios de la Carta de la ONU.