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Lo que aprendí con la experiencia que ninguna IA supera todavía

Hay una escena en The Bear que me quedó dando vueltas en la cabeza por varios días. En el episodio 10, Forever, de la tercera temporada, Carmy se encuentra frente a uno de los chefs con los que trabajó durante su proceso de formación. Para Carmy, aquella fue una etapa terrible. Recuerda la presión, la tensión, la exigencia permanente y todo lo que tuvo que soportar para sobrevivir en ese ambiente. Cuando finalmente lo confronta, recibe una respuesta difícil de procesar:

Cuando llegaste, eras un buen chef.

Cuando te fuiste, eras un chef grandioso.

La respuesta no borra lo vivido, tampoco significa que todo lo que ocurrió haya sido necesario o correcto, pero plantea una pregunta incómoda:

¿Carmy habría llegado a ser quien es sin haber atravesado aquella experiencia?

Pensé entonces en algo que ocurre también en nuestras carreras. Cuando miramos hacia atrás, probablemente descubrimos que buena parte de lo que hoy somos capaces de hacer no lo aprendimos cuando las cosas salían bien. Lo aprendimos cuando se complicaron.

Muchas veces confundimos experiencia con antigüedad. Decimos que alguien tiene veinte o treinta años de experiencia porque han transcurrido veinte o treinta años desde que comenzó su carrera. Pero el tiempo, por sí solo, no necesariamente construye experiencia. La experiencia se construye por exposición. Exposición a problemas diferentes, decisiones difíciles, a proyectos complejos, a situaciones para las que no existe un manual, a responsabilidades cada vez mayores, a equivocarse y tener que corregir rápidamente, a momentos en los que lo que funcionó antes deja de funcionar, a escenarios en los que hay mucho en juego y, aun así, alguien tiene que decidir.

Por eso dos personas con el mismo número de años trabajando pueden haber acumulado experiencias completamente diferentes. Una puede haber repetido durante veinte años situaciones relativamente conocidas. La otra puede haber atravesado transformaciones, crisis, proyectos complejos, mercados diferentes, tecnologías nuevas, negociaciones difíciles, éxitos y fracasos.

Hay capacidades que no se pueden descargar

Vivimos en un momento extraordinario para aprender. Nunca habíamos tenido tanto conocimiento disponible de manera tan inmediata. Podemos acceder a libros, cursos, casos, expertos y, ahora, inteligencia artificial capaz de explicarnos prácticamente cualquier concepto en segundos. Podemos preguntarle a una IA cómo gestionar una crisis, cómo negociar, cómo realizar seguimiento a un proyecto, cómo manejar escenarios difíciles, cómo estructurar una decisión compleja, y seguramente recibiremos una respuesta bastante buena. Pero existe una diferencia enorme entre saber qué debería hacerse y haber tenido que hacerlo.

Ningún  puede transferirnos completamente la sensación de tener que tomar una decisión importante cuando todas las alternativas tienen consecuencias. Ningún curso puede reproducir exactamente lo que significa ver cómo una situación comienza a desviarse y tener que recuperar el control. Ningún libro puede entregarnos de forma instantánea el criterio que se desarrolla después de habernos equivocado varias veces. La tecnología puede acelerar enormemente nuestro aprendizaje, pero hay una parte de la experiencia que todavía necesita ser vivida.

Tal vez por eso algunas cosas se vuelven más fáciles

Con los años ocurre algo curioso. Los problemas no necesariamente se hacen más pequeños, y en muchos casos ocurre exactamente lo contrario: Los proyectos son más grandes, las decisiones tienen mayores consecuencias, las responsabilidades aumentan, hay mucho más en juego, más personas, más variables, más exposición. Y, sin embargo, algunas situaciones comienzan a sentirse menos intimidantes; no porque sean sencillas, sino porque ya hemos vivido algo parecido (“I’ve been there”). Quizá no exactamente el mismo problema, pero sí sus patrones. Reconocemos señales, sabemos qué preguntas hacer, intuimos dónde puede romperse algo, identificamos más rápidamente qué es importante y qué solamente hace ruido. Y sabemos algo todavía más valioso: muy probablemente encontraremos una salida.

No es optimismo. Es memoria. Es el registro acumulado de todas aquellas veces en las que estuvimos frente a algo que parecía imposible y, de alguna manera, logramos atravesarlo.

Lo que queda después de la experiencia

Con el tiempo, curiosamente, olvidamos muchos detalles. Olvidamos reuniones, presentaciones, correos que en su momento parecían importantísimos, incluso olvidamos buena parte de los problemas que nos quitaron el sueño. Pero las capacidades permanecen, queda el criterio, la habilidad para mantener la calma, una mejor lectura de las personas y las situaciones, la intuición para detectar riesgos, el instinto para separar lo urgente de lo importante, la confianza para tomar decisiones cuando todavía existen dudas. Y queda algo particularmente valioso: perspectiva. Aquello que hace algunos años habría parecido una crisis enorme, hoy puede parecernos simplemente otro problema que hay que resolver, y no porque el problema haya cambiado, sino porque cambiamos nosotros.

Quizás ahí está el verdadero valor de la experiencia

Si pudiéramos regresar atrás, seguramente cambiaríamos muchas cosas. Evitaríamos algunos errores. Tomaríamos decisiones diferentes. Nos ahorraríamos ciertas noches sin dormir. Probablemente rechazaríamos algún proyecto que aceptamos con demasiado entusiasmo. Pero entonces aparece una paradoja. Si elimináramos de nuestra historia todos los momentos difíciles, también tendríamos que eliminar parte de lo que aprendimos gracias a ellos. Y quizá una parte importante de quienes somos hoy.

Por eso, cuando alguien más joven me pregunta cómo prepararse para asumir responsabilidades mayores, cada vez pienso menos en cursos, certificaciones o conocimientos específicos. Todo eso importa. Pero hay otra parte de la preparación que consiste simplemente en atreverse a entrar en situaciones para las que todavía no nos sentimos completamente preparados. Aceptar el proyecto complejo. Tomar la responsabilidad. Enfrentar el problema…

Porque probablemente nunca llegará el momento en que sintamos que estamos cien por ciento preparados para el siguiente desafío. Muchas veces es precisamente el desafío el que termina preparándonos.

Quizá por eso aquella escena de The Bear resulta tan incómoda. Porque nos obliga a mirar hacia atrás, o incluso al presente, y reconsiderar el significado de algunos retos. Tal vez los momentos más difíciles de nuestra carrera no son interrupciones en nuestro proceso de crecimiento. Tal vez son «el proceso» de crecimiento en sí mismo.

Victor Betancourt

Country Manager

Sonda Panamá y Guatemala

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