Cuando un panameño piensa en la pesca, probablemente imagina a un pescador artesanal saliendo en su lancha, trasmallando cerca de la costa y regresando con el sustento del día. También piensa en el pescado que se vende en el muelle, en los mercados, a los vecinos o en los restaurantes de la comunidad. Pero esa es solo una parte de la historia.
Más allá de las costas y de la actividad artesanal existe una industria pesquera que incluye operaciones de alta mar, cultivos, plantas de procesamiento, cadenas de frío y una importante actividad exportadora. En conjunto, este sector conecta la producción panameña con algunos de los mercados más exigentes del mundo.
Los datos de la Oficina de Inteligencia Comercial (INTELCOM), del Ministerio de Comercio e Industrias (MICI), muestran la dimensión de este movimiento. Durante el primer semestre de 2026, Panamá exportó productos del mar por un valor de $101.6 millones.
Los camarones congelados encabezaron la lista, con exportaciones por $66.1 millones, convirtiéndose en la principal subpartida arancelaria dentro de las exportaciones panameñas. A este grupo se suman el camarón cultivado y silvestre, los filetes de pescado frescos y congelados, el atún y otros productos industriales, como la harina y el aceite de pescado.
Una parte importante de esta producción no se queda en el mercado local. Cerca del 80% de las exportaciones pesqueras panameñas tiene como destino mercados internacionales, entre ellos China-Taiwán y Estados Unidos (EE.UU.). Llegar a estos países implica cumplir con requisitos estrictos de calidad, mantener una cadena de frío confiable y contar con una logística portuaria y aeroportuaria capaz de responder a las exigencias del comercio global.
Sin embargo, el crecimiento de las exportaciones también trae responsabilidades. Hoy, la sostenibilidad no es solo una preocupación ambiental: es una condición necesaria para acceder y permanecer en los principales mercados internacionales.
Las advertencias que Panamá recibió en el pasado, como la llamada “tarjeta amarilla” de la Unión Europea (UE) por asuntos relacionados con la pesca ilegal, no declarada y no reglamentada (INDNR), dejaron una lección clara. Ya no es suficiente con capturar y exportar grandes volúmenes. Los compradores quieren saber de dónde proviene cada producto, cómo fue capturado, dónde fue desembarcado y bajo qué controles llegó a la planta de procesamiento.
En ese proceso, la trazabilidad, la vigilancia satelital y la supervisión en puntos de desembarque como Vacamonte desempeñan un papel fundamental. La transparencia se ha convertido en una parte esencial del producto que Panamá ofrece al mundo.
El principal reto de la industria pesquera panameña es avanzar con mayor rapidez en su modernización y cerrar la brecha que todavía existe entre la capacidad exportadora y los mecanismos de fiscalización. Para lograrlo, el Estado y el sector privado deben trabajar de manera coordinada, invertir en investigación científica, digitalizar los procesos y fortalecer los controles.
El futuro de esta actividad dependerá de encontrar un equilibrio entre el aprovechamiento económico de los recursos marinos y su protección, si Panamá quiere mantener y ampliar su presencia en los mercados internacionales.
Al final, el valor de la pesca panameña no se mide únicamente por las toneladas exportadas ni por los millones de dólares que genera. También se mide por la confianza que el país es capaz de construir en cada mercado y por la capacidad de proteger los recursos que hacen posible esta industria.
Por: Hitler Cigarruista
Economía Panamá
