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El socio que falta en la agenda climática de Panamá: La empresa privada

Cuando el Canal de Panamá restringió tránsitos por la sequía, ninguna empresa del país necesitó un informe científico para entender qué significa el riesgo climático: lo leyó en sus costos logísticos, en sus plazos de entrega y en sus estados financieros. Esa es la lección que el sector privado panameño ya aprendió por experiencia propia — el clima dejó de ser un tema de responsabilidad social para convertirse en una variable de continuidad del negocio. La pregunta ahora es si las empresas participarán en el diseño de la respuesta nacional o si esperarán a recibirla como regulación.

Una nueva arquitectura climática, con espacio reservado para las empresas

Panamá acaba de renovar su marco de compromisos. La Contribuciones Nacionales Determinadas (NDC 3.0), presentada ante la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático (CMNUCC) a finales de 2025, marca un giro estratégico: deja atrás el enfoque centrado casi exclusivamente en mitigación y articula por primera vez, con el mismo peso, la adaptación y el financiamiento climático.

El país reafirma su condición de carbono-negativo, asume una meta al 2035 y se compromete a restaurar 100,000 hectáreas de ecosistemas — incluyendo 2,500 hectáreas de manglares — priorizando la resiliencia costera, el manejo forestal sostenible y las soluciones basadas en la naturaleza (SbN).

En paralelo, el Ministerio de Ambiente, con el acompañamiento del PNUMA y financiamiento del Fondo Verde para el Clima, desarrolla el Plan Nacional de Adaptación (NAP): el instrumento que aterriza esos compromisos en diez temas alineados con la NDC, con planes específicos para cuatro sectores donde se concentra la vulnerabilidad — y también la actividad económica — del país: agua, agricultura y seguridad alimentaria, salud e infraestructura.

El dato que el empresariado no debería pasar por alto: el proyecto del NAP incluye, por diseño, un componente dedicado a catalizar la participación y la inversión del sector privado. No es retórica; hay antecedente. El programa Reduce Tu Huella demostró que las empresas panameñas responden cuando existe un mecanismo claro: hoy cubre cerca del 10% de las emisiones reportadas en el inventario nacional. Lo que ese programa logró en mitigación, el NAP busca construirlo en adaptación. La mesa está servida; faltan los comensales.

Las oportunidades: cuando la naturaleza es infraestructura

Las Soluciones Basadas en la Naturaleza (SbN) y su vertiente aplicada a la adaptación — la adaptación basada en ecosistemas (AbE) — suelen presentarse en lenguaje conservacionista. Traducidas a lenguaje financiero, son otra cosa: infraestructura natural que presta servicios medibles, muchas veces a una fracción del costo de la infraestructura gris.

Los ejemplos son concretos. Un manglar restaurado es una barrera contra marejadas que protege activos portuarios, turísticos e inmobiliarios costeros, y que además puede generar créditos de carbono azul. Una cuenca reforestada es un seguro de suministro hídrico para agroindustrias, generadoras, embotelladoras y para el propio Canal. Sistemas agroforestales y coberturas vivas reducen la siniestralidad de cosechas que la banca financia y las aseguradoras cubren. Para el sector financiero, cada uno de estos casos es simultáneamente una reducción de riesgo de cartera y una nueva clase de activo.

A esto se suma un viento de cola regulatorio y de mercado: los estándares internacionales de divulgación de riesgo climático (el marco TCFD y la norma NIIF S2) ya presionan a bancos, aseguradoras y corporativos regionales a medir y gestionar su exposición física. La empresa que hoy invierte en resiliencia no solo protege sus operaciones: mejora su perfil ante acreedores, inversionistas y clientes internacionales.

Los desafíos: por qué el capital todavía no fluye

Si el caso de negocio existe, ¿por qué la inversión privada en adaptación sigue siendo marginal? Cinco barreras lo explican. Primero, un déficit de percepción: la adaptación todavía se contabiliza como costo y no como gestión de riesgo, y las empresas dominan mejor la huella de carbono que su exposición física. Segundo, falta información climática utilizable a escala de activo o de cadena de valor — sin datos, no hay evaluación de riesgo bancable. Tercero, los incentivos regulatorios y financieros específicos para la adaptación son aún incipientes. Cuarto, las pymes — la inmensa mayoría del tejido empresarial — carecen de capacidad técnica interna y necesitan herramientas simplificadas y canales gremiales, no metodologías corporativas. Y quinto, persiste una desconfianza mutua en los procesos público-privados que solo se supera con transacciones demostrativas exitosas.

Ninguna de estas barreras es insalvable. Todas, de hecho, están identificadas en la agenda del NAP. Pero removerlas exige que el sector privado esté sentado a la mesa donde se decide cómo hacerlo.

Una hoja de ruta razonable

Para la empresa que quiera moverse ya, el camino puede ordenarse en cuatro pasos escalonados.

  • Primero, medir la exposición. Incorporar el riesgo climático físico al mapa de riesgos corporativo: qué activos, operaciones y eslabones de la cadena de suministro son vulnerables a sequía, inundación, marejada o estrés térmico. Para una pyme, esto puede ser tan simple como cuantificar cuánto costó el último evento climático y qué medida lo habría evitado.

  • Segundo, identificar dónde la naturaleza es la solución más rentable. Comparar opciones de AbE contra infraestructura convencional en las inversiones ya planificadas: restauración de cuenca versus planta de tratamiento adicional, manglar versus enrocado, cobertura vegetal versus drenaje ampliado. La regla práctica: donde el servicio ecosistémico sustituye capex gris, suele ganar en costo de ciclo de vida y suma co-beneficios reputacionales y de carbono.

  • Tercero, participar en la construcción del NAP. Los espacios existen — consultas sectoriales, talleres y la plataforma de coordinación del plan — y es ahí donde se definirán los incentivos, los instrumentos financieros y los marcos de asociación público-privada. Las cámaras y gremios tienen un rol insustituible como agregadores de la voz de las pymes.

  • Cuarto, estructurar transacciones demostrativas. El financiamiento combinado (blended finance) — capital concesional del Fondo Verde y la banca de desarrollo que reduce el riesgo para el capital privado — está diseñado precisamente para las primeras operaciones de un mercado nuevo. Los primeros proyectos de AbE con participación empresarial en Panamá no solo serán rentables: fijarán el estándar y capturarán el aprendizaje.

El costo de no estar

La articulación entre la NDC 3.0 y el NAP definirá, en los próximos años, dónde se dirigirá el financiamiento climático internacional que llegue al país, qué reglas de divulgación y resiliencia adoptará el mercado local, y qué sectores capturarán las nuevas oportunidades de inversión. La empresa privada panameña puede participar en ese diseño o adaptarse después a un marco construido sin ella. La experiencia enseña que el segundo camino siempre resulta más caro.

La naturaleza ya demostró ser el socio más eficiente en la gestión del riesgo climático. Falta que el sector privado formalice la sociedad.

El autor es especialista en cambio climático y participación del sector privado, con más de 25 años de experiencia asesorando a empresas, banca multilateral y organismos internacionales en Panamá y la región.

Por Leyson V. Guillén V.

leysonguillen@gmail.com

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