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La salud no se resume en un símbolo: La Cámara Opina

No hay consenso en el mundo sobre cómo debe ser el etiquetado frontal de advertencia en los alimentos. No lo hay en Europa, ni en Estados Unidos, tampoco lo hay en América Latina.

Cada país ha tomado caminos distintos, y muchos siguen ajustando sus modelos porque el tema no es tan simple como poner un símbolo en un empaque. Por eso, antes de imponer un sistema único en Panamá, vale la pena hacer una pausa.

Cuando se habla de etiquetado frontal, se habla de simplificar, de reducir la información a una advertencia visible. Puede parecer práctico, pero también puede ser limitado, porque la salud no se resume en un símbolo.

Y cuando una política se queda corta en información, alguien termina pagando esa simplificación y ese alguien es usualmente el consumidor.

Primero, en el precio. Cambiar empaques, reformular productos, ajustar líneas de producción: todo eso cuesta. Y en un mercado como el nuestro, esos costos no los absorbe el sistema, y al final, quien paga es el panameño en la tienda o en el supermercado.

Segundo, en la variedad. Panamá es un mercado pequeño. Si las exigencias se vuelven más complejas que en otros países, muchas marcas simplemente decidirán no estar en nuestro mercado. No por mala intención, sino por lógica de negocio.

¿El resultado? Menos opciones en los anaqueles, menos competencia, menos alternativas y más presión en precios. El consumidor termina pagando más y eligiendo menos. Por eso, el debate no debería ser entre advertir o no advertir, debería ser entre simplificar o informar mejor.

En ese contexto, proponemos el etiquetado electrónico. No como una salida fácil, sino como una solución más completa. El etiquetado electrónico no elimina la información: la amplía, no sustituye, complementa y no impone, permite decidir.

Además, algo fundamental: no representa un costo adicional para el consumidor. No requiere cambios costosos en empaques ni procesos que terminen trasladándose al precio final. Al contrario, permite ofrecer más información sin encarecer el producto.

Pero más allá del tipo de etiqueta, hay algo aún más importante. Tenemos que apostar por la educación, porque ningún sistema de etiquetado, por sí solo, va a resolver el problema si las personas no entienden qué están consumiendo.

Necesitamos consumidores que sepan tomar decisiones conscientes. Personas que entiendan qué comen y qué efectos tiene eso en su cuerpo.

Ese es el verdadero cambio de fondo y ahí es donde el etiquetado electrónico aporta valor: no solo informa, educa. Porque al final, el consumidor no necesita que le digan qué pensar, necesita herramientas para entender.

La experiencia internacional es clara: no existe una única solución y las decisiones apresuradas, sin medir sus efectos reales, suelen tener consecuencias no deseadas.

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